La disputa por la conciencia
Psicodélicos, prohibicionismo y crisis civilizatoria
Autor: Salvador Abarzúa Montenegro[1]
Durante las últimas décadas hemos asistido a un fenómeno particularmente significativo: el resurgimiento global del interés por las plantas maestras, los psicodélicos y las experiencias ampliadas de conciencia. Lo que durante gran parte del siglo XX fue perseguido, criminalizado o patologizado, hoy reaparece en universidades, centros clínicos, laboratorios y espacios terapéuticos bajo el nombre de “renacimiento psicodélico”.
Sin embargo, reducir este fenómeno únicamente a un avance farmacológico o clínico constituye una lectura profundamente insuficiente. Lo que aquí está en juego no es solamente una nueva herramienta terapéutica, sino una disputa mucho más profunda: una disputa por la conciencia, por los modos legítimos de producir conocimiento, por las formas de habitar el cuerpo y por las posibilidades de imaginar otros futuros en medio de una evidente crisis civilizatoria. Pero también porque ponen en tensión las bases epistémicas y ontológicas de la cultura, al tener la capacidad de inducir cambios en las creencias de quienes las consumen (Borkel et al., 2025).
(Nota: la sobre explotación de la ayahuasca y su impactos globales y ecológicos por el aumento de la demanda de enteógenos, en sus territorios de origen y en otros lugares donde esta es administrada)
Vivimos una época marcada por el incremento del sufrimiento psíquico, el agotamiento ecológico, la fragmentación comunitaria y la expansión de formas cada vez más sofisticadas de control subjetivo. La ansiedad, la depresión, las adicciones, el burnout y la sensación generalizada de vacío existencial no pueden comprenderse únicamente como trastornos individuales. Expresan también una crisis cultural y relacional más amplia, profundamente vinculada al modelo neoliberal contemporáneo y a las formas de vida que este produce.
En este contexto, el retorno de las plantas y de las prácticas de exploración de la conciencia aparece como síntoma de una búsqueda más profunda: la necesidad de reconstruir sentido, comunidad y vínculo con la vida.
No obstante, esta emergencia ocurre en medio de fuertes tensiones políticas y epistemológicas.
La llamada “guerra contra las drogas”, impulsada principalmente desde Estados Unidos durante el siglo XX, no solo operó como una estrategia sanitaria. Funcionó también como un dispositivo biopolítico de control social, territorial y cultural. Bajo el discurso de la seguridad y la moralidad se criminalizaron pueblos, prácticas rituales y formas ancestrales de relación con la naturaleza. Tal como señala Michel Foucault (2007), el poder moderno no actúa únicamente prohibiendo, sino administrando cuerpos, conductas y modos de subjetivación.
En este sentido, no solo se prohibieron sustancias; también se patologizaron estados de conciencia, formas de espiritualidad y modos no occidentales de comprender la realidad.
La contradicción contemporánea es evidente. Mientras durante décadas comunidades indígenas fueron perseguidas por el uso ceremonial de plantas, hoy universidades como Johns Hopkins o Imperial College investigan los potenciales terapéuticos de la psilocibina, el MDMA o la ayahuasca para el tratamiento de la depresión, el trauma y las adicciones (Carhart-Harris & Goodwin, 2017).
Nos enfrentamos entonces a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos presenciando una verdadera liberación de la conciencia o una nueva captura del capitalismo sobre aquello que antes persiguió?
El riesgo actual consiste en transformar experiencias profundamente humanas, espirituales y comunitarias en nuevos nichos de mercado. La industria psicodélica emergente avanza rápidamente hacia procesos de patentamiento, medicalización y mercantilización de plantas ancestrales, mediante la tortura en laboratorios, la naturaleza es fragmentada para extraer sus moléculas. El capitalismo contemporáneo posee una enorme capacidad de absorber aquello que inicialmente parecía cuestionar. En este escenario aparece una dimensión crítica: el extractivismo cultural y espiritual.
Así como el colonialismo extrajo minerales, cuerpos y territorios, hoy asistimos también a formas de extracción simbólica. Plantas sagradas, ritualidades indígenas y conocimientos ancestrales son muchas veces apropiados, descontextualizados y transformados en mercancía para circuitos globales de consumo espiritual. Lo que algunos autores denominan “turismo chamánico” o “capitalismo místico” expresa precisamente esta tensión entre búsqueda genuina y captura neoliberal de la espiritualidad. Esta modalidad de extractivismo, resitúa y actualiza la relación entre centro y periferia, el centro industrial de Silicom Valey, de IA al servicio de la guerra cognitiva en curso con Palantir[2].
La situación se vuelve aún más compleja si consideramos el contexto geopolítico actual. El narcotráfico, la militarización de territorios, las políticas de seguridad hemisféricas y los discursos contemporáneos sobre fronteras y control continúan reproduciendo formas de intervención imperial y neocolonial sobre América Latina. Las recientes declaraciones de Donald Trump respecto al endurecimiento de políticas antidrogas y seguridad regional evidencian que la lógica prohibicionista sigue siendo utilizada como herramienta geopolítica y económica.
Mientras tanto, millones de personas continúan atrapadas entre el mercado ilegal, el encarcelamiento, la precarización y la falta de acceso a políticas reales de salud mental y cuidado comunitario.
En este contexto emerge otra pregunta fundamental: ¿cómo pensar la relación entre drogas, conciencia y desarrollo humano?
La adicción no puede reducirse únicamente a dependencia química. Como plantea Gabor Maté (2008), muchas conductas adictivas constituyen intentos desesperados de aliviar dolor, trauma, vacío y desconexión. El problema no es solamente la sustancia, sino las condiciones de existencia que producen sufrimiento estructural.
Aquí resulta fundamental recuperar perspectivas relacionales y comunitarias del bienestar. El desarrollo humano, como señala Max-Neef (1993), no puede limitarse al crecimiento económico ni al consumo. Requiere vínculos, participación, identidad, afecto, creación y sentido.
Desde esta perspectiva, la discusión sobre psicodélicos y estados ampliados de conciencia no debiera centrarse exclusivamente en su legalización o eficacia clínica, sino también en el derecho de las personas a explorar su propia interioridad y construir formas más complejas de relación consigo mismas, con los otros y con el territorio.
Esto nos conduce al concepto de libertad cognitiva: el derecho humano a decidir sobre la propia conciencia, explorar estados mentales y desarrollar prácticas espirituales sin persecución ni criminalización.
Sin embargo, la autonomía no puede pensarse ingenuamente. Vivimos en sociedades atravesadas por farmacopolítica, algoritmos, hiperconsumo y manipulación del deseo. Como advierte Paul B. Preciado (2020), el capitalismo contemporáneo no solo administra cuerpos; administra también subjetividades, emociones y estados mentales.
Frente a ello, creemos necesario proponer una ética de los cuidados.
Esto implica desplazar el eje desde el castigo hacia el acompañamiento; desde la criminalización hacia la reducción de daños; desde el control hacia la responsabilidad colectiva y comunitaria.
La ética del cuidado reconoce que las experiencias ampliadas de conciencia requieren:
- preparación,
- acompañamiento,
- integración,
- contención simbólica,
- y responsabilidad ética.
Las plantas, por sí solas, no transforman el mundo. Lo decisivo es el tipo de relaciones, comunidades y marcos culturales que construimos alrededor de ellas. Una cosmopolitica relacional en torno al misterio.
Tal vez el desafío contemporáneo no sea simplemente integrar psicodélicos al mercado terapéutico, sino preguntarnos qué tipo de humanidad queremos reconstruir en medio del colapso ecológico, la fragmentación social y la crisis de sentido que atraviesa nuestro tiempo.
La disputa por las plantas es también una disputa por la conciencia, por la imaginación y por las posibilidades de regenerar la vida.
Quizás la pregunta más importante ya no sea únicamente qué hacen estas sustancias en el cerebro, sino qué revelan sobre el mundo que hemos construido y sobre el mundo que todavía podríamos llegar a imaginar.
Referencias Bibliográficas
- Carhart-Harris, R., & Goodwin, G. (2017). The therapeutic potential of psychedelic drugs: Past, present, and future. Neuropsychopharmacology, 42(11), 2105–2113.
- Escobar, A. (2016). Autonomía y diseño: La realización de lo comunal. Popayán: Universidad del Cauca.
- Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
- Grof, S. (2008). Psicología transpersonal. Barcelona: Kairós.
- Han, B.-C. (2014). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
- Maté, G. (2008). In the Realm of Hungry Ghosts: Close Encounters with Addiction. Toronto: Knopf Canada.
- Max-Neef, M. (1993). Desarrollo a escala humana. Montevideo: Nordan Comunidad.
- Preciado, P. B. (2020). Yo soy el monstruo que os habla. Barcelona: Anagrama.
- Rivera Cusicanqui, S. (2018). Un mundo ch’ixi es posible. Buenos Aires: Tinta Limón.
- Stengers, I. (2014). La propuesta cosmopolítica. Buenos Aires: Caja Negra.
- Valencia, S. (2010). Capitalismo gore. Madrid: Melusina.
- Viveiros de Castro, E. (2013). La mirada del jaguar. Buenos Aires: Tinta Limón.
[1] Psicólogo Clínico y Social, con formación clínica en Psicoterapia Junguiana, Humanista y Gestalt. Además es Mg. Psicología Social, Mg. Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica. Doctor (c) en Ciencias Sociales en Estudios Territoriales. Socio Fundador Corporación MAGMANDINO.
[2] Palantir Technologies es una empresa estadounidense de software especializada en el análisis de macrodatos (big data) y la inteligencia artificial, centrada en el sector de defensa, inteligencia y seguridad. Fundada por Peter Thiel y Alex Karp, la empresa ha cobrado relevancia por sus herramientas de vigilancia y su postura ideológica militante, incluyendo la reciente publicación de un “manifiesto” de 22 puntos que defiende el poder tecnológico estadounidense y propone cambios en la política global.

